sábado, 14 de enero de 2017

El reclamo del otro

Siempre he recelado de quienes no saben escuchar. La escucha no es un arte ni un hábito, sino el resultado de una determinada actitud respecto del otro. Quien escucha ve en el otro alguien merecedor de ser escuchado. La escucha es una actitud ética. Su contrario no es la desatención, sino la desconsideración. Alguien puede desentenderse de lo que «se dice», pero no por ello dejar de considerar a quien habla. Por lo mismo, la consideración al otro no conduce necesariamente a una actitud atenta, aunque sí predispone a ella. La escucha sólo admite una forma, frente a la desconsideración, que se manifiesta como multiplicidad.

Una de las formas como se exterioriza la actitud desconsiderada consiste en ver al otro desde una categoría determinada. La reducción se hace a partir de unas creencias previas y, generalmente, con vistas a la obtención de poder. Por ejemplo, ahora que con los cambios legislativos venideros en educación va reavivándose el debate sobre lo que debe ser considerado conocimiento y lo que no, hay ya políticos, científicos, filósofos que, con vistas a poder organizar y gestionar el conocimiento, reducen éste a «conocimiento contrastable», como si lo «no contrastable» no contara. También están los pragmatistas, los historicistas, los positivistas, falsacionistas, idealistas, que resultan igualmente del encasillamiento y se refieren al otro habiendo dirigido ya sobre éste su propulsión a encasillar.

Siempre he recelado de quienes se autodenominan o imponen una determinada etiqueta identitaria, pues este hecho, el de autodefinirse, es ya consecuencia de aquella propulsión. Nietzsche lo explica recurriendo a la «voluntad de poder»; la cual, en el mejor de los casos, puede sublimarse hacia fines permitidos. Otros hablan de impulsos, fuerzas o pulsiones. Por mi parte, me resisto a pensar que no podamos dejar al otro que nos reclame:

Un hombre dirigió al anciano una pregunta muy concreta: «Padre, cuando durante el oficio divino vemos a hermanos que se duermen, ¿qué os parece? ¿Les damos un golpecito para que estén bien despiertos durante las vigilias?». La respuesta del anciano fue también muy concreta: «Te lo puedo asegurar: cuando durante el oficio divino veo un hombre que se duerme, pongo su cabeza sobre mis rodillas y le dejo descansar». (Apotegma de un padre del desierto, que recoge Josep Maria Esquirol en La resistencia íntima)

domingo, 25 de diciembre de 2016

La evaluación perversa

Sócrates no cobraba sus enseñanzas, porque tampoco pretendía evaluar el aprendizaje de sus alumnos. Allí donde acudía convertía a la multitud en auditorio, pero sin pretender cerciorarse de que éste verdaderamente había comprendido lo que él transmitía. No había motivo para hacerlo. La evaluación nace en el momento en que la enseñanza se profesionaliza, en el momento en que hay que justificar la existencia de instituciones, métodos, teorías, creencias, con las que se pretende encauzar y dirigir la educación. La evaluación se aplica sobre todo, no hay nada que se salve de ser evaluado: se evalúa a alumnos, profesores, métodos, programas, cuerpos, instituciones, sistemas, los propios métodos evaluadores... Pero siempre en aras de un mismo propósito: el de justificar el sentido y la operatividad de todo cuanto forma parte del sistema educativo, incluido el propio sistema. Por ello, un profesor vocacional, de los que enseñan sin esperar nada a cambio, movido por la sola necesidad de enseñar, ve la evaluación como una sobrecarga innecesaria. Interiormente se pregunta: ¿por qué tengo que evaluar al alumno si ya le he transmitido todo lo que sé? Asimismo, hay todavía alumnos que se resisten a ser evaluados, que suspenden no por falta de conocimientos, sino porque se niegan a aceptar las reglas del juego.

La perversión no sólo está en el imperativo a evaluar, sino en el criterio que se ha elegido para obedecerlo. Los números, que tanto servicio han hecho a la ciencia, las artes y la historia, se han convertido en el instrumento con el que sistema cuenta para evaluar y justificar la toma de decisiones. La perversión de pretender cuantificar el aprendizaje radica en considerar que el conocimiento es una realidad numerable. Son numerables las cosas, las velocidades, las distancias, la profundidad, la altura, la anchura, ¿pero lo es el conocimiento? No entiendo como, siguiendo el mismo principio que se aplica a la evaluación en los sistemas educativos, no hay quien no ha inventado una técnica para medir el amor, la amistad, el odio o la envidia. ¿O ya se ha inventado? Sin duda, uno de los signos inequívocos de los sistemas totalitarios consiste en el diseño y aplicación de métodos para evaluar el grado de imbecilidad y docilidad de los individuos a los que se pretende someter.

Afortunadamente, todavía hay profesores a los que les incomoda la tarea de evaluar y alumnos que se resisten a ser evaluados.

martes, 6 de diciembre de 2016

La escalera interminable

Me hallaba en una piscina de descomunales proporciones, toda ella pintada de blanco, y el agua cristalina sin ninguna onda que la atravesara. Era un día sin nubes. El sol se había retirado pero una luz intensa irradiaba todas las cosas. Lo llamativo del recinto era que no había entrada ni salida. Tampoco veía relojes ni calendarios. Los pocos bañistas tumbados en el cemento blanco me miraban, como aguardando una decisión que debía tomar. Pero el agua no invitaba a bañarse ni el sol a ser tomado. No podía más que subir a lo alto de un trampolín que yacía en medio. 

Sabía que una vez arriba no podría bajar si no tirándome al vacío. Mientras hacía el último esfuerzo para conquistar lo alto, veía salir del trampolín una escalera mecánica que subía hasta casi perderse. En uno de los peldaños se encontraban sentados, entretenidos en una amigable conversación, una jovencísima Ingrid Bergman y Vicente Minnelli, y junto a ellos dos personas cuyo rostro no logro recordar. La escalera avanzaba interminable, mientras ellos elevándose reían y se divertían.


Sueño de la noche del 5 de diciembre

viernes, 2 de diciembre de 2016

¿De qué nos sirve ser creyentes?

No entiendo cómo pudieron estar reñidas la ciencia y la fe, si cualquier teoría científica precisa de un acto de fe. Pensemos en la idea de que el Universo se originó de una gran explosión....Una gran explosión, ¿a partir de qué?, ¿y por qué se produjo?... Dicen que a partir de un punto de densidad casi infinita...Vaya artilugio, vaya impostura. En una entrada anterior reclamábamos la naturaleza ficticia de la ciencia; ahora añadimos que el componente ficticio se encuentra desde el principio. Vayamos a la ciencia médica. Se dice que se puede vencer una enfermedad cuando se conocen sus causas, pero no se dice por qué se producen aquéllas. Sencillamente, se arbitra que ocurren.

Necesitamos de la fe, no ya sólo para confiar en nuestras herramientas de aproximación a la verdad, sino para poder decir que nos hemos aproximado a ella. La fe es el pulmón de la ciencia, no su oxígeno. Por ello, creo que es un falso debate el que se plantea en torno a la compatibilidad o incompatibilidad entre fe y razón, como si ambas fueran piezas de un mismo puzzle o elementos de un mismo paisaje.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Empezar la clase por el final

Cuando las condiciones me son propicias suelo comenzar la clase por el final. En lugar de aburrir a mis alumnos con teorías ya caducas sobre el ser o la inmortalidad, procuro que ellos se representen imaginativamente la situación que propició el nacimiento de aquellas teorías. Procuro hacer de máquina del tiempo para transportar a mis alumnos al momento fundacional de la teoría. El otro día, por ejemplo, en la clase de Filosofía de 4ºESO llegó el momento de tener que explicar la teoría de la inmortalidad del alma de Platón. La pregunta inicial no fue "qué quiso decir Platón con su defensa de la inmortalidad del alma", ni "qué llevó a Platón a argumentar en su defensa" (entender dichas cuestiones presupone, por otra parte, todo un bagaje amplio de conocimientos sobre la concepción metafísica del filósofo que un alumno de 4ºESO no tiene por qué tener) 

La pregunta inicial fue "por qué es deseable (si lo es) ser inmortales." La clase se transfiguró y fueron ellos los que, por unos instantes, ejercieron de enseñantes, adivinándose en su forma de expresarse una auténtica necesidad de dar(se) a conocer sus pareceres sobre el tema. Alumnos que hasta el momento habían permanecido mudos, atentos a unas explicaciones que no siempre circulan por la vía del sentido común, de pronto alzaban la mano afanosos en dar forma a unas ideas que parecían despertar de ellos: hubo quien defendió que damos valor a las cosas en tanto que son perecederas, que la condición de la estima y la belleza es la mortalidad, otro alumno afirmó que el anhelo de inmortalidad se fundamenta en la aversión a no ser, un tercero se aventuró a decir que la condición de la felicidad plena es la inmortalidad, en tanto que sólo por ésta puede alcanzarse la plenitud, y así hasta el último de los alumnos...

El resto de la clase fue fácil: completar sus pareceres con el de Platón.

viernes, 28 de octubre de 2016

El arte de provocar

Con medidas históricas, temporales, que no hacen sino lastimar o reforzar los artificios que ya lastra la educación, no va a solucionarse el problema. De hecho, no creo que la educación sea un problema. Lo será no cumplir con ciertas expectativas de ciertas autoridades, muchas veces viciadas por intereses espurios y mal camuflados. No, no debemos ver con el prisma de «lo problemático» la educación. Eso ya lo hacen los políticos, los psicólogos, los sociólogos, y todos aquellos que andan afanosos en ver problemas para luego ponerse medallas. Es sabido que la curiosidad es la madre del conocimiento, no de las ciencias, que se vuelven contra aquélla hasta hacerla casi desparecer.

Más bien, debemos ver la educación como un arte, esto es, como una «provocación», sólo que no dirigida a la piedra, a la luz o al silencio, sino al deseo. Cada vez estoy más convencido de que el profesor, como el artista o el mago, debe provocar al deseo, haciéndolo despertar de allí donde dormita, invocándolo para que luego discurra por un camino ya ajeno a la voluntad. Un alumno que afanoso levanta la mano esperando que alguien acoja su pregunta, que aguarda en silencio el término del discurso o siente el pálpito de la nueva intuición naciente, son la mejor muestra de que tal provocación ha acontecido. El maestro sabe entonces que ha penetrado en «lo intemporal», allí donde ninguna medida puede alcanzar o ninguna historia puede narrar.

sábado, 15 de octubre de 2016

Nuevos lugares habitables

Siempre que he entrado en un centro comercial he pensado que allí se trajina algo más que el mero hecho de ir de compras o de curiosear por los escaparates. Nunca me ha parecido que fuera un lugar de paso, que se deja una vez se ha obtenido lo que se desea (como un puente que se abandona una vez ya se ha cruzado, o una estación que se deja atrás cuando se ha tomado el tren) Más bien, me ha parecido que los grandes almacenes, más cuando adquieren proporciones mastodónticas, son lugares pensados para ser vividos. A nadie que no fuera un indigente se le ocurriría vivir en un puente, en una estación o en una plaza, lugares todos ellos de paso, aptos para la trashumancia y el transeúnte. No ocurre lo mismo con los grandes almacenes, que atraen a su seno a millones de personas diariamente, quienes, desde luego, no permanecen allí lo que les ocupa hacer sus compras sino todo su tiempo de ocio. Los nombres que adquieren algunos centros comerciales, como "parques de ocio" o "centros temáticos", y que incluyen calles y plazas, fuentes y jardines, galerías para exposiciones, bibliotecas y restaurantes, definen muy bien esta cualidad de ser lugares habitables, adecuados para la permanencia.

La idea de convertir un lugar de paso en un lugar de permanencia no es nueva, y ya la encontramos materializada en los grandes almacenes de finales del siglo XIX, como los famosos "Palacios de cristal y hierro", que tan elocuentemente retrata Emile Zola en El paraíso de las damas. Los grandes almacenes que comienzan a aflorar en los centros urbanos de las metrópolis emergentes -París, Londres, Berlín, Nueva York, Milán, Barcelona- pronto se convierten en el centro de gravedad hacia el cual se dirigen los nuevos trazados urbanos con sus miles de transeúntes. Como recuerdan Hugo Aznar y Marcia Castillo, en su capítulo dedicado al tema "El palacio de la mercancía: gran almacén y cultura moderna", De la polis a la metrópolis: "En vez del angosto entramado urbano medieval -apegado también a la necesidad, a la orografía del lugar -y tejido en torno a la posición central de las catedrales, ahora las grandes vías lineales de las metrópolis tendrán uno de sus centros en el gran almacén, convertido en referencia espacial, visual, vital y simbólica de sus transeúntes." (p. 84)

                                   Georg Grosz, Metrópolis (1916-17)

Tampoco es nueva la disposición interior de los grandes almacenes, de cada una de sus tiendas, de cada uno de los escaparates con sus luces y destellos, de cada uno de los pasillos y probadores, ni la forma de abrirse las puertas o de dirigirse a nosotros los dependientes, siempre atentos a nuestra avidez. Todo ello parece ir referido a nosotros, haciéndonos partícipes de un entramado premeditado, dispuesto por una especie de "mago" que aguarda tras las paredes, como si fuera él el único capaz de contentar nuestras fantasías más inconfesables.

Al llegar a la gran galería, alzó la vista. Era como estar en la nave central de una estación, que rodeaban las barandillas de las dos plantas, que interrumpían las escaleras colgantes, que cruzaban las pasarelas. Las escaleras de hierro de doble espiral subían en atrevidas curvas y múltiples rellanos. Las pasarelas de hierro, proyectadas sobre el vacío, lo franqueaban en línea recta, a gran altura. Y todo aquel hierro trazaba, entre la luminosa claridad de las cristaleras, una liviana arquitectura por la que se filtraba la luz; era aquélla la moderna plasmación de un palacio de ensueño, de una torre de Babel en la que se acumulasen pisos, se ensanchasen salas, se abriesen perspectivas hacia otros pisos y otras salas, hasta el infinito. 

E. Zola, El paraíso de las damas.