viernes, 8 de diciembre de 2017

Estoy, luego no soy



Caminar es experimentar esas realidades que insisten, sin hacer ruido, humildemente -el árbol que crece entre las rocas, el pájaro que acecha, el arrollo que sigue su curso- y sin esperar nada. Caminar acalla de pronto los rumores y los lamentos, pone fin al interminable parloteo interior mediante el cual juzgamos sin cesar a los demás, nos evaluamos a nosotros mismos, recomponemos e interpretamos. Caminar acalla el soliloquio infinito en el que emergen los agrios rencores, las estúpidas satisfacciones y las venganzas fáciles. Estoy frente a esa montaña, camino entre los grandes árboles y pienso: están ahí. Están ahí, no me han esperado, están ahí desde siempre. Se me han adelantado indefinidamente, y seguirán estando ahí mucho tiempo después que yo.

Frédéric Gros

viernes, 1 de diciembre de 2017

Ocho segundos

Hay momentos en los que la noche se ve como un refugio, como Lugar Silencioso donde enrollarse sobre sí, incluida conciencia y todo. Las palabras de tu novela van arrebatándote de los restos últimos que han quedado de un día de trabajo. Ya puedes dejar de aferrarte a ti mismo, dejarlo marchar, hacia ninguna parte. Y apenas apagas la luz artificial, aparece el resplandor del sueño que se instala ya para el resto de la Noche. Bendito el sueño que se entremezcla con el último recuerdo.

Hay ocasiones en que el sueño continua la novela, como queriendo anticiparse a las palabras de un autor malogrado. Me ocurrió anoche, cuando el cansancio acabó apagando la conciencia. No voy a describir el sueño en todo su detalle, porque no soy escritor ni naturalista, pero sí lo suficiente para dibujar la idea, siempre la idea, que completa las palabras de la novela que tuve que cerrar.

Así reza el sueño:

"Me encuentro en un lugar exótico y lejano, inhabitado. Rodeado de jóvenes y prometedores escritores, matemáticos, artistas, filósofos..., un hombrecillo, de mirada sabia, nos ha reunido para hacernos una propuesta. Nos pagará y llenará de reputaciones si logramos, en un tiempo máximo de ocho segundos, decir algo que conmueva profundamente al público. Ocho segundos es el tiempo que disponemos para decir y conmover. Uno de los allí presentes se vuelve sobre mí y me dice al oído que él siempre ha sabido lo que decir. Me abraza y se retrae, reiteradamente. Entre risas, me presenta a quien dice ser su amigo, un jovencísimo filósofo, de semblante serio y confiable, que me anima a pasear con ellos. 

Entramos a un museo donde en lugar de cuadros y esculturas hay todo tipo de objetos cotidianos que cuelgan de paredes negras. Moviéndolos ágilmente y combinándolos entre sí, el extravagante escritor nos explica que en el arte vanguardista el espectador se convierte en artista y el artista en espectador. Riéndose y balbuciendo, nos reta a que hagamos una obra en ocho segundos. 

Los ocho segundos comienzan a pesarme. No logro imaginar qué pueda decir en ese tiempo que pueda conmover. Las palabras no son objetos cotidianos que cuelguen de una pared, ¿o sí lo son? Acudo a una gran sala donde se admiten preguntas sobre el funcionamiento del proceso. Escucho a quienes discuten acerca de la presunta compatibilidad entre la elaboración de un discurso y un tiempo tan breve, otro pregunta por la razón de que sea ese el tiempo, y así las manos van alzándose, hasta que, agobiado, me retiro también de aquella gran sala.

Cada vez me pesan más los ocho segundos. No logro pensar qué pueda decir en ese tiempo que pueda conmover. Me pregunto si quizá me queden ocho segundos de vida, y de ahí la razón de que sea ese el tiempo...."

Fin.

El pasaje que estaba leyendo de la novela Sobre los acantilados de mármol, antes de que el sueño me venciera:

En primavera, sin embargo, empinábamos el codo como locos, que tal es la costumbre del país. Nos vestíamos con unas blusas propias de payasos, cuya ropa brillaba como si estuviera hecha con plumas de pájaros, y nos cubríamos el rostro con unas caretas que figuraban cabezas de ave. Luego, haciendo mil cabriolas y agitando los brazos como si fueran alas, bajábamos al pueblo, en cuya plaza del mercado viejo se había levantado el alto Árbol de los Locos. Allí, a la luz de las antorchas, tenía lugar el cortejo de las máscaras. Los hombres iban disfrazados de pájaro y las mujeres, por su parte, lucían hermosos vestidos de otras épocas. Al vernos llegar, ellas nos gritaban mil chanzas, imitando con sus voces la música de ciertos relojes, y nosotros les respondíamos parodiando los chillidos de las aves.

viernes, 17 de noviembre de 2017

En aquel extraño lugar de luces naranjas



Hay momentos que muestran la naturaleza filial de la filosofía. Fue el encuentro que, con motivo del Día Mundial de la Filosofía, tuvo lugar ayer en la Taberna Urbana de Zaragoza. Reunidos en torno a un mismo propósito pudimos compartir nuestros pareceres sobre asuntos que a todos, como seres de un mundo que no alcanzamos a comprender, nos incumben. Es, de hecho, un fenómeno extraño el que aconteció ayer. Tras la intensidad de las palabras y aquellas luces naranjas podía entreverse el fondo filial de la filosofía, en ocasiones escondido bajo las máscaras de las academias y la búsqueda exhausta de novedad. Se dijeron verdades, pero también mentiras, algunas vanas, otras forzadas, pero poco importa si lo eran, a la luz del ardor de aquella intensidad. En encuentros como el de ayer, las palabras dicen más de quien las enuncia que de ellas mismas, de ahí que el vínculo prevalezca sobre el convencimiento, la philia sobre la sophia.

Quienes contamos con el privilegio de asistir al encuentro pudimos dar nombre a nuestras inquietudes, definir nuestros pareceres, entender lo que nos pasa, abrigarnos con ello de palabras que no siempre se encuentran en las bibliotecas y los centros de trabajo. Ayer, hablando del rendimiento y presentando mi alternativa quijotesca del asunto, entendí que nadie jamás ya podría salir rendido de aquel extraño lugar de luces naranjas.

sábado, 28 de octubre de 2017

Verdad onírica

Escucho un fuerte ruido entrecortado. El ruido forma parte de mí. Soy ruido que está a punto de desaparecer. Comienzo a  distanciarme y veo que el ruido procede de mi televisor. Me distancio todavía más y compruebo, ya relajado, que procede de mi viejo televisor.

Así reza el sueño que tuve la pasada noche, y que rememora la intuición que ya tuviera Empédocles con aquello de las fuerzas de la Concordia y de la Discordia. Sí, como en el sueño, el ser recupera su individualidad por la distancia. El agua vuelve al agua, el aire al aire, y así con cada uno de los elementos. De aquella mezcla donde todo se confunde, por la distancia, gracias a ella, cada ente recupera su individualidad, vuelve a su ser, o su ser vuelve a él. Esta es precisamente la idea del sueño, sólo que, además, el sueño habla del sosiego de quien recupera su identidad. ¿Pero cómo podría ser de otro modo? Esta idea, que la distancia sosiega y pacifica es lo que andaba buscando para concluir mi trabajo sobre el exceso y la dispersión. Gracias, sueño.


Por turnos prevalecen en el curso del ciclo,
se amenguan mutuamente y se acrecientan por turno 
        prefijado,
pues sólo ellos son reales, mas en su mutuo recorrerse
se tornan hombres y especies de otros animales.
Unas veces por Amistad concurriendo en un solo orden del 
        mundo, 
otras por el contrario separados cada uno por su lado por la 
        inquina del Odio,
hasta que, en uno combinados, acabe por surgir en lo 
        profundo el todo.
De esta forma, en la medida en que lo uno está habituado a 
        nacer de lo múltiple
y en la medida en que, a su vez, al disociarse lo uno, lo 
        múltiple resulta,
en ese sentido nacen y no es perdurable su existencia.
Mas en la medida en que estos cambios incesantes jamás 
       llegan a su fin,
en ese sentido son por siempre inmutables en su ciclo.


Empédocles de Acragante, Acerca de la naturaleza

martes, 24 de octubre de 2017

...

HOMBRE QUE VUELVE TARDE A CASA


La luz roja del semáforo,

como un oeste eléctrico que lucha por sobrevivir a las nieblas impuras de la ciudad,

me guía a casa.

Atrás quedan las olas envolviendo a las sirenas,

y sus cantos que guardo,

tras el silencio amarillo de la cena,

me llevarán, dulces, al camino del sueño.



Miguel Porcel

23 DE OCTUBRE DE 2017

sábado, 21 de octubre de 2017

Sueño filosófico

Había rasgado las nubes y de ellas liberado fuerzas que debían permanecer contenidas. Un despliegue de coches y helicópteros policiales se lanza a mi captura por las calles de la ciudad.

Mi madre, sentada sobre la cama que me soporta, allí donde las sirenas y las hélices no pueden llegar, me pregunta: Hijo, ¿por qué lo has hecho? Con lágrimas en los ojos le confieso que no lo sé. Entonces, como habiendo escuchado mi confesión, los coches y helicópteros se disipan y desaparecen de la ciudad. Apesadumbrado, comprendo que ya jamás podré saber por qué lo hice.


Sueño de la pasada noche de Octubre