viernes, 9 de junio de 2017

Éticas del camino y éticas de la barrera

Llamamos éticas del camino a aquellas que ponen un cauce a la vida. Trabajan sobre ésta como el escultor hacer con su bloque de mármol o el escritor con la hoja virgen. Su pretensión consiste en ir definiéndola, asignándole unos rieles por donde debe circular, y entonces terminarla en una vida buena, por virtuosa, sabia, placentera, correcta... Los filósofos clásicos, pero también los modernos Rousseau y Kant, procuraban esculpir la vida para hacer de ella algo digno, bueno, merecedor de ser vivido. De ahí que este tipo de éticas suelan ir acompañadas de unas reglas, de un procedimiento que, como la regla y el pincel para el artista, sirven de medio conductor a aquellos que consienten en recorrer el camino ya fabricado. Lo mismo que el artista espera del otro que aprehenda lo tallado, el filósofo confía a los demás su camino.

En cambio, llamamos éticas de la barrera a aquellas que, ante un exceso de caudal o de actividad, se afanan en situar diques alrededor. Trabajan más allá de los lindes del camino, fuera de ellos, porque todavía no lo hay. No les interesa la escultura, sino contener el mármol bruto. Es, digámoslo así, una tarea previa, necesaria, a cualquier intento de modelado. Más presentes en los libros sagrados que en los manuales sobre cómo ser felices, no reflexionan sobre la acción o los modos posibles de vivir, sino sobre la inacción o los modos del no vivir; y es que, en ocasiones, antes de guiar y dictar, se hace preciso prohibir y delimitar.

sábado, 3 de junio de 2017

Un sueño filosófico

Una lluvia de grandes torbellinos se extiende a todo el cielo, mientras veo resquebrajarse bajo mis pies la última de las montañas. Un padre espiritual, montado sobre uno de los grandes tornados, me anima a que alcance el vórtice diciéndome las siguientes palabras: "Recuerda que allí donde está el peligro, crece también lo que salva. Fíjate en los primeros cristianos, que convirtieron el hambre, la enfermedad y la escualidez en la ocasión para ennoblecer la vida."

jueves, 1 de junio de 2017

Sueños

Me encuentro en un barrio de calles mojadas y usadas. El cielo gris ennegrece el aire que parece no existir. En torno a las calles se alzan fachadas desgastadas, incapaces ya de abrigar cualquier forma de intimidad. No hay iglesias ni plazas que orienten la ciudad. Una mujer, apoyada de pie sobre una cama desnuda de gigantescas proporciones, lee a solas un libro bajo la tenue luz.

No logro entender el origen de esa propulsión a huir de lo íntimo.

viernes, 19 de mayo de 2017

Retiro voluntario

He de reconocerlo: los clásicos me inundan, me atrapan, hasta el punto de provocarme momentos de retiro voluntario. Una semana es la lectura de Epicuro, otra la de Carlos García Gual comentando a Epicuro, otra la Sinfonía nº3 de Gustav Mahler, o los diálogos de Hannah y sus hermanas de Woody Allen..., ¿quién será la próxima vez? Son, sin duda, los mejores momentos del día. En ellos me siento en paz con el mundo, apenas éste me afecta, me reclama. Los teléfonos no pueden sonar. Los televisores dejan de emitir sus ondas invisibles. En esos momentos, como debía sentir Amancio Prada cantando a San Juan de la Cruz, estás a solas, sin tener que rendir cuentas a nadie, sin tener nada que decir. Sólo escuchar, sólo leer. Son la cura contra la ambición, la esperanza o el remordimiento, todas ellas enfermedades del tiempo, del paso del tiempo. Por la piedra el tiempo no pasa. La piedra es tiempo. 

Son momentos sólo interrumpidos por el reloj. Es la hora de recoger, de volver al mundanal ruido, al momento de los timbres, de las bocinas, del griterío. Trafican las máquinas, pero también las palabras, los gestos. Incluso el lenguaje se ve infectado. Por eso, son los mejores momentos.

Retiro voluntario.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Sueño de la Noche del 2 de Mayo

Para Ana Belén, allí donde nacen los sueños:

Me encuentro ante un canal de agua cristalina, pero oscura, porque no hay luz. Al otro lado, muy al otro lado, se adivina un final. Sin miramiento mi hermano se arroja y veo que se aleja con aplomo. Sé que el siguiente soy yo, pero una mujer, extrajera, me alerta de que tenga cuidado. No logramos entendernos y ella se despide gritándome que no tenga miedo, que está todo debidamente preparado. Descubro que el canal consiste en una superficie líquida que se posa sobre montañas de arena, y avanzo deslizándome sobre ésta, impulsándome con los brazos. Sin embargo, el canal pronto comienza a llenarse de agua y veo bajo mi cuerpo utensilios, inmuebles, casas, ciudades enteras, cubiertas bajo el manto del agua oscura. Pienso que es una pena que estén cubiertas, y sumerjo la mano para tocarlas. Alcanzo la orilla, e intuyo que a lo lejos mis padres van acercándose. Me doy la vuelta.

Ante mí aparece una playa infinita, bajo un sol radiante que a todo alcanza, con sus costas, sus arrecifes, sus fragmentos de roca todavía no descompuesta, y con un océano más presente que nunca. Un amigo me espera y andamos juntos. Hablamos de la vanidad de las cosas, mientras un puñado de arena se escurre entre sus dedos. Sin embargo, en ese momento, me parece que lo más vano es nuestra conversación y me invade un profundo aburrimiento. Por fin, se reencuentra con un grupo de amigos y acaba dejándome de lado.

Decido entonces adentrarme en la playa. Pronto me veo rodeado de una marabunta de turistas. Apenas sé donde quedarme. No encuentro lugar donde esperar, donde estar, donde encontrarme. Hay filas llenas de veraneantes, bañados en crema, que esperan afanosos a que alguien abandone la playa para ocupar su lugar. Todo está lleno, demasiado lleno. Todo está de más. Son las cinco porque un turista a mi lado acaba de preguntar la hora. El tiempo humano está de más, pienso.

Debo encontrarme con ella, no puedo esperar mucho más. Al fin la veo a lo lejos moviendo los brazos con fuerza. Lleva puesto el abrigo blanco que había elegido para ella. Me apresuro a reunirme. La abrazo, y nos alejamos.

domingo, 30 de abril de 2017

Los objetos de Panizza

Podríamos decir que los cuentos de Oskar Panizza testimonian el desbordamiento de aquello que no puede contener ya la razón. La ciencia y la ética modernas, con su sujeto y su objeto prefabricados, debidamente dispuestos, pueden contener todo aquello que resulta de la misma naturaleza que ellos. El objeto ya está ahí para ser conocido, asimilado. El objeto ya está enjaulado antes de echarle el lazo. Lo mismo ocurre con el sujeto, que ha sido concienzudamente preparado para que sepa echar el lazo y éste alcance el objeto. El sujeto puede fallar, desviarse, sí, pero no puede más que seguir intentándolo, porque está para eso, para intentar apresar el objeto.

Los "objetos" de los cuentos de Panizza no se prestan a ser sujetados, y es que no están domesticados. Pertenecen a otro orden, a otra naturaleza, de ahí que el entendimiento y la voluntad poco o nada puedan hacer frente a ellos. No han resultado de un ejercicio de fabricación, deliberada y concienzuda, como la sustancia aristotélica o el fenómeno kantiano. Dormitan ferozmente, hasta que salen a escena e irrumpen -que no interrumpen- en la vigilia. La interrupción supone no salir de las tareas que nos ocupan. Queda integrada en la situación. La irrupción, sin embargo, implica cambiar de escenario, más exactamente, tener que abandonar el teatro. En ese momento todo te refiere, todo te llama, quedas expuesto, fuera de la posición desde la que hasta ese momento habías podido juzgar el mundo, incluso reírte de él.

“¡Y de repente llegó! De repente, en medio del aire claro que se agitaba a nuestro alrededor, como paños azules en medio del mar azul transparente como el cristal, surgió un barco. Un vapor impetuoso. Totalmente iluminado por el sol de mediodía. Iba tan rápido como nosotros. Justo delante de nosotros. De color pajizo como un limón. Pintado como ya nadie puede pintar un barco. Y ya que íbamos casi a la misma velocidad, me equivoqué en cuanto a su verdadero movimiento. Y con las oscuras piezas superpuestas como verrugas –las ventanillas de los camarotes-, se acercó el monstruo de color chillón, como un sapo amarillo, un anfibio enorme y venenoso.” (Oskar Panizza, El sapo amarillo)

jueves, 27 de abril de 2017

De la frontera a la intemperie

En sentido metafísico, ¿qué significa vivir a la intemperie? ¿Cómo hemos llegado a esta situación? ¿Qué implicaciones tiene en nuestra relación con el mundo? ¿Y en nuestra relación con los otros? ¿Con qué posibilidades contamos ahora para habitar el mundo? ¿O acaso es el mundo el que nos habita? ¿Qué mundos son los inhabitados? ¿Y los inhabitables?... Son algunas de las preguntas que abordamos en nuestro trabajo titulado De la frontera a la intemperie: un recorrido filosófico por las diferentes formas de habitabilidad, enmarcado en el II Congreso internacional de la Red española de Filosofía, titulado "Las fronteras de la humanidad", que tendrá lugar los días 13, 14 y 15 de septiembre en la Universidad de Zaragoza.

Lo que nos ha impulsado a participar es el deseo de comprender la relación entre ciertas experiencias primordiales, sucedidas históricamente, y diferentes formas de habitar el mundo. Andaba dándole vueltas a la cuestión de cómo han de concretarse ciertas experiencias fundamentales en el mundo histórico cuando se me ocurrió ensayar esta propuesta, que confío suscite algún interés en oyentes y lectores. No está en nuestra mano agotar el conjunto de experiencias primordiales y sus correspondientes concreciones en la historia, pero creemos urgente clarificar aquellas experiencias con vistas a entender mejor el sentido y la diversidad de las formas de habitabilidad con las que el ser humano ha ido apropiándose del entorno. Pensamos que un análisis de la influencia de dichas experiencias en el individuo puede ayudar a entender mejor el sentido de las actuales construcciones y las posibilidades de habitabilidad del hombre de hoy.

Aquí podéis consultar toda la información relativa a la temática del congreso, programa, inscripción, organización...